La reciente operación comercial de venta de entradas para los conciertos de Rosalía en Madrid y Barcelona, caracterizada por su alto valor y máxima expectación, se ha erigido como un crudo ejemplo de cómo una inadvertida fragilidad tecnológica puede infligir un daño severo a la imagen de marca y a la fundamental experiencia del cliente en la masiva industria del ocio.Lo que para miles de aficionados debía ser un proceso inherentemente emocionante y culminante de su deseo por asistir, se transformó rápidamente en una frustrante batalla digital. Las quejas se multiplicaron de forma virulenta a través de las redes sociales,…
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