A las puertas de 2026, el marketing se encuentra dividido entre dos fuerzas antagónicas: la aceleración imparable de los agentes autónomos de inteligencia artificial y un renacimiento analógico impulsado por consumidores exhaustos del exceso digital. Esta tensión define una etapa de madurez en la que los directores de marketing deben operar con disciplina quirúrgica y sensibilidad casi artesanal. La era de la experimentación indiscriminada toca a su fin, sustituida por un imperativo de gobernanza, precisión y ética que condiciona la rentabilidad futura. En este nuevo equilibrio, la tecnología ocupa un rol ejecutivo, mientras lo humano —lo tangible, lo verificable— se…
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